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PatrickSchmid

Personal · · 4 min de lectura

El volante en la mano, y cae la máscara

Somos lo que somos. Siempre. También cuando creemos que nadie nos mira. Quizá justo entonces.

El tráfico es para mí una radiografía de nosotros; uno por uno y como sociedad en el contexto del tráfico. Ningún otro ámbito de la vida diaria junta a tanta gente en tan poco espacio, encima con prisa, con información incompleta y con consecuencias reales.

Y ningún otro ámbito de la vida diaria muestra tan sin filtro cómo trata alguien a los demás en esas condiciones. A desconocidos a los que no les debe nada y de quienes nunca recibirá nada a cambio. Lo que ahí sucede tiene poco de casualidad. Está más bien cerca del carácter. Te muestra a ti, a mí y a otros. Todos sin máscara, salvo la de la sagrada lámina del auto.

Algunos datos al respecto.

  • En 1990 había 30.7 millones de automóviles matriculados en Alemania Occidental y casi cuatro millones en la RDA; juntos, por lo tanto, unos 35 millones.
  • En 2024 son 49.1 millones de automóviles en Alemania, como parte de un parque total de 60.7 millones de vehículos de motor.
  • Un aumento de más del cuarenta por ciento en treinta años. Las calles y carreteras siguen siendo las mismas.
  • Más vehículos, prácticamente la misma superficie, más puntos de contacto, más fricción. Más rodar despacio y estar parado que manejar.

Lo que vivo

Rebasar por la derecha donde no está previsto. O también ir, firme, por el carril izquierdo mientras a la derecha todo está libre. Estos puntos encajan uno con otro de una manera curiosa. Incorporarse en los últimos metros. Y sí, el “uno y uno” también está previsto, pero hay sutiles diferencias en la manera de aplicarlo. Cambiar de carril o dar vuelta sin poner la direccional ni voltear a ver el punto ciego. No soy ningún fanático de las reglas, pero manejar de forma predecible, tal como yo lo entiendo, nos beneficia a todos.

El smartphone: la mirada baja un momento y vuelve a subir. En la autopista, el truco del área de descanso: salir de la fila detenida, cruzar el área de servicio, pasar junto a treinta que esperan y meterse en el hueco. En la ciudad: cerrar el hueco que le habría servido a otro. O cruzar todavía rápido la intersección para bloquearla. Claro, otros también lo hacen, así que el malo no soy yo.

Al mismo tiempo: dejar pasar a otro, que antes a veces era un gesto con la mano, se ve menos. El peatón al que alguien le cede el paso en el cruce: todavía lo veo, pero lo veo menos. Podría ser percepción selectiva e imaginación mía. No se siente así.

Lo que expresamente no digo: que el tráfico se haya vuelto más agresivo. Desconsideración y agresión no son lo mismo.

Tres posibilidades que reconozco

La primera: alguien decide conscientemente tomar una ventaja. Se sopesa el cumplimiento de las reglas contra la ganancia propia, y el resultado es claro. Eso es cálculo.

La segunda: alguien actúa a partir de un impulso afectivo que se adelanta al pensamiento. La prisa, el embotellamiento, la sensación de que lo están pasando por alto, y el hueco ya está aprovechado antes de que haya habido una decisión. Después quizá todo sería distinto. En el momento no hubo margen. Si alguien afectado le preguntara, negaría el cálculo, y hasta tendría razón. Eso es afecto.

La tercera es la que más me interesa: alguien simplemente no está de verdad ahí. No en un mal sentido, sino en el sentido más simple. La capacidad cognitiva no alcanza para captar por completo la propia situación. ¿Qué se sigue de ello para los demás? No está en el radar. Ni intención ni impulso: solo ausencia.

Los tres modelos de explicación producen la misma imagen desde fuera. La diferencia está dentro. Y luego está el auto mismo: el sistema de infoentretenimiento con sus menús, asistentes, cámaras, con pitidos y luces que parpadean. El navegador, que recalcula. El smartphone, que está integrado. Todo eso crea una certeza peculiar: “La tecnología me mantiene a salvo”. No va a pasar nada. Puedo ausentarme un momento. A mí me parece engañoso.
Bajo estrés, las personas recaen en patrones de procesamiento más simples. En mí lo noto a veces, y aun así casi no puedo cambiarlo. Es neurología, se podría decir. Lo que complica la situación: más tráfico significa más estrés, y más estrés significa que los conductores inseguros y los impacientes se encuentran con más frecuencia. Lo que surge de ahí a veces parece, desde fuera, desconsideración. A veces también lo es.

Lo que no sé.

Si de verdad ha aumentado o si solo soy más sensible a ello. Si las cifras confirmarían mi percepción. Si además es regional, estacional, cultural, situacional: no lo sé.

Lo que sí sé: manejar no es algo neutral. Es un espacio en el que se toman decisiones bajo presión: pequeñas, rápidas, con consecuencias. Y en el que se muestra cómo lidia alguien con tiempo limitado, información limitada y paciencia limitada.
El volante en la mano no es un gran escenario. Pero tampoco miente.

¿Qué cambiaría si entendiéramos cada trayecto como una pequeña decisión sobre la convivencia?